El Diario Montañés, 2 de abril de 2025
Me
sorprende que quienes han confeccionado el kit de supervivencia no hayan incluido
en él ningún libro. «Será –comentaba a mi compañera Begoña, con quien tantos he
cuidado– porque el kit es para las primeras setenta y dos horas, y en ese
tiempo estaremos más preocupados de solucionar los asuntos adversos que de enfrascarnos
en el sosiego de la lectura». «Ya, pero deberían tener en cuenta lo bien que
arde el papel cuando se arrancan las hojas –dijo pragmática–, y cuánto podría
ayudar para encender una lumbre, si fuera necesaria». Tenía razón, y ante su lógica
no supe qué contestar. Si acaso, que el otro papel –el que hoy representa– no
es tan importante como cuando se proclamaba a los cuatro vientos que un libro
ayudaba a triunfar.
Precisamente
ahora que llega el mes del libro, no deberíamos perder de vista que sufrimos una
preocupante escasez de lectores, al mismo tiempo que un aumento exponencial de escritores.
Curiosamente, la abundancia de escritores puede resultar negativa, pues si no
encuentran una editorial que los publique sienten la tentación de autoeditarse,
algo que no es malo en sí, pero cuando la edición no está regulada por filtros profesionales
viene a ser –lo he dicho otras veces– como dejar la sanidad en manos de
curanderos.
Algunos
«autoeditados», seguros de sí mismos, escriben en las redes consejos tan
engañosos como estos: «Una editorial necesita autores para su negocio. Un autor
no necesita una editorial para llegar a sus lectores. Hazte editor de tu propio
trabajo». Sin duda, tienen la idea equivocada de que los editores nos dedicamos
solamente a publicar, ignorando que nuestro principal cometido es cuidar la
calidad del contenido y el continente para que el libro siga siendo un objeto
noble. Aunque no lo hayan incluido en el kit de supervivencia.